He amanecido con nostalgia de Trujillo

Ilustración estilo acuarela y tinta de un hombre caminando de espaldas por una calle colonial de Trujillo en una mañana de llovizna; se ve un microbús amarillo de la ruta de Huanchaco, el muelle al fondo y una bolsa con pan francés peruano.

He amanecido con nostalgia de Trujillo. De salir a las 6:30 en una mañana de invierno y sentir un poco de llovizna en la cara. De darle la vuelta a la esquina y comprar pan francés y un par de tamales para el desayuno.

De ir al Mercado Central y comprar queso, mantequilla y roscas cajamarquinas, y harto manjar blanco.

De tomar un jugo especial en el San Agustín.

De quejarme, como corresponde a un señor cuarentón: las casas que conocí ya son edificios de demasiados pisos y la ciudad ha crecido de forma desordenada. Ya no es lo mismo que era antes.

Unas ganas de caminar por Pizarro y parar a tomar un café y comer un sanguchito en el Asturias o en el Oviedo, para sentirme intelectual de -eso- café. Pasar por el cruce con Junín para contarles que yo alcancé, siendo muy niño, a ver que esa esquina era Monterey antes que Merpisa.

Subir por Gamarra por unas yuquitas en el 24 Horas. Merodear por la zona de juguetes en Zona Franca pensando en qué sencillos tiempos eran esos de la niñez. Lo mismo, pero en el Virrey.

Tomarme un Perú-México (medio shot de pisco unido a medio shot de tequila) con Joaquín Sabina de fondo en el Stradivarius en Colón.

De ir a El Estribo a bailar (mal) salsa y recordar el primer beso de Fiorella.

Subir al micro de la H-corazón en la avenida Juan Pablo II para ir a Huanchaco a comer unos picarones y contemplar, claro, cómo el muelle, ay, sigue muriendo.

Visitar la universidad para ver que todo es igual, aunque ya nada sea lo mismo.

Comer una pizza vegetariana en el Pizzanino. Unas papas fritas y una ensalada mixta en el Cuatrero.

Echarnos unos vinos con los mejores cómplices que la vida en el Perú me haya podido conceder.

Quejarme de que todas las noches en Tributo suena “Cielo” de Benny Ibarra.

Recordar que lo que hoy es una sede de supermercados Metro al pie de la inmensa cruz del Óvalo Papal érase una vez una inmensa pampa a la que llegaba el circo o donde se encendían gigantes castillos de fuegos artificiales.

Celebrar que la Sirena ya no esté en la avenida Larco.

Jugar una partida de billar cerca de alguna de las universidades de la ciudad, la propia o las ajenas.

En fin, nostalgia de Trujillo, les digo. Pero quizás sea mejor que quede, de momento, como nostalgia. Temo —no ayudan las noticias— que pisar la tierra natal sea reventar esa burbuja, romper el cristal de la añoranza de aquello que fue y que ya no es más.

Que podría ser mejor extrañar la propia tierra que verla y descorazonarse.

O quizás no. Vaya Dios a saber. Debe saberlo bien, porque en Trujillo, finalmente, nació Dios.Canta Sabina: que al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver.

*Ilustración de David Ramos, generada mediante inteligencia artificial (Abacus.AI).

Amazfit T-Rex 3 Pro en la muñeca mostrando pantalla activa con hora y métricas Previous post Gracias, Amazfit… y perdón. (Esta no es una reseña del T-Rex 3 Pro de 44 milímetros)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *