Yo los vi volver

lustración de un hombre de espaldas en un concierto nocturno, sosteniendo un celular antiguo mientras observa un escenario iluminado a lo lejos entre una multitud difusa.

Más allá de los hologramas…

Yo había crecido con la historia legendaria y la frase cliché —¡gracias… totales!—, aprendiendo a tocar guitarra con De música ligera. Mi primer cassette original fue Ruido blanco.

Era ya una leyenda, algo imposible de volver a ver. Aparecía por ahí esa última canción en los programas musicales de la TV, sin más.

Pero van a ser 19 años este año. Gustavo Cerati lleva muerto casi 12. Hay una gira ahora con su holograma.

Pero hace casi dos décadas era imposible, hasta que fue posible.

Se hablaba de los pleitos que los llevaron a la atomización, pero eran rumores documentales más, algunos menos. “Ahora sí vamos a poder hablar todo lo que no hablamos” le diría, quizás en broma pero quizás en serio, Charly Alberti a Cerati cuando recibieron el Premio Leyenda de MTV Latinoamérica en 2002.

En 2007 lo imposible fue, una vez más, posible. Algunos dijeron que la plata era lo que los volvía a juntar. Un colega les lanzó la pregunta, sin anestesia, durante la rueda de prensa de la gira Me verás volver, en septiembre de 2007. “Hay varias razones, y el dinero es lo que nos pagan por trabajar, como a vos, como a todo el mundo”, replicó, directo, Gustavo.

Cuando ya parecían definidas las fechas, hubo una para Lima, Perú: el 8 de diciembre. Y tal como se pusieron a la venta, las entradas se desvanecieron. Y se abrió una segunda fecha, para la noche siguiente. Era 9 de diciembre, yo estuve ahí.

El lugar fue el Estadio Nacional de Lima, aún sin remozar. La zona: “Picnic Motorokr”, resultado de la mezcla de Pícnic en el 4º B con la marca músico-celular de Motorola, en la primera mitad de la cancha. Me separaba del escenario una medialuna que abarcaba algo más que el área de penal, que había sido puesta a la venta bajo el nombre de La cúpula. ¿El costo? Eran otros tiempos. Ver a Soda Stereo reunirse tras una década me costó alrededor de 250 soles, que —me calcula ChatGPT—, inflación ajustada, deberían ser unos 450 soles de ahora, unos 120 o 130 dólares.

En ese tiempo, el precio era escandaloso. Hoy parece chiste. En enero de este 2026, la entrada en una zona algo similar para el concierto de Bad Bunny, también en el Estadio Nacional, costó 944 soles.

El concierto no se los puedo contar. Tengo más emociones que recuerdos. Que traté de grabar todo con uno de esos móviles con cámara inútil de aquellos tiempos para constatar a la mañana siguiente que todo se veía horrible, y se escuchaba peor.

Algunas escenas vienen a mi mente, como flashes. El corazón latiendo en Corazón delator; el “¡Fuerza Perú!” de Cerati durante Cuando pase el temblor, que nos recordaba el devastador terremoto que había sacudido Pisco pocos meses antes.

O cuando nos tomó una foto —o dijo que nos tomaba una foto— desde el escenario. Creo que fue antes de tocar Zoom. Y la locura de guitarra de Sueles dejarme solo.

Pero también es verdad que esos recuerdos tienen trampa.

Pocos días después del concierto, en esos mecanismos que teníamos antes de Spotify, comenzó a rolar por el mundo un audio perfecto, nítido, que —decían los que decían saber— provenía de la consola del concierto.

Fue la banda sonora de mi diciembre de 2007 y de varios meses más. Hasta que salió el álbum doble y, claro, el video del concierto, que debo haber dejado en Perú… espero.

Así que quizás recuerdo más lo que escuché cientos de veces después —y lo que vi otras tantas— que lo que realmente quedó en mi memoria desde aquella noche del 9 de diciembre de 2007.

Les digo: más emociones, menos recuerdos.

Dicen que en el último concierto, el 21 de diciembre de 2007 en Buenos Aires, Argentina, Cerati cerró con una despedida prometedora: “hasta dentro de 10 años”. No cumplió. En 2010 un accidente cerebrovascular lo llevó a un coma del que no despertó. Se fue el 4 de septiembre de 2014.

Durante esos cuatro años, medio en broma pero medio en serio, yo anotaba que, cerca del final de Cuando pase el temblor, durante esa gira de reencuentro, Cerati decía: “despiértenme… cuando pase el reguetón”.

Y no ha pasado.

Alejandro Ramírez, fundador de Croquer y diseñador de modas, durante su entrevista para la sección Conversaciones Pendientes de David Ramos. Previous post La valentía de reinventarse a los 40: Alejandro Ramírez, Croquer y sus croquetas españolas

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