Al Maestro, con cariño

Ilustración de un profesor de periodismo en un aula universitaria con una revista Caretas sobre el escritorio vista desde la perspectiva de un estudiante.

No podría concebir el periodismo sin Richard Licetti. No podría concebirme en el periodismo sin Richard…

Había llegado a la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Privada del Norte en 2003 porque quería ser periodista, y se decía entonces que la UPN era la mejor en Trujillo, mi tierra y la segunda gran ciudad del Perú (con el perdón, o sin él, de los arequipeños). Pero qué rápido te endulzas con los placeres creativos de soñar con la publicidad, con los videos experimentales o las mezclas de consola virtual entre huaynos, electrónica y campanadas. No, de ti no, Relaciones Públicas.

Mientras que el eslogan de la Universidad Privada del Norte era —aún parece ser— “Encuentra tu norte”, yo lo andaba perdiendo en los placeres non sanctos de esas otras ramas de la carrera.

Y ahí, vagando entre los callejones de los insights y los guiones audiovisuales me encontró Richard y me adoptó, como a tantos otros, con esa amabilidad y paciencia dignas de mejor causa, pero que Richard ha dedicado a una tan frecuentemente perdida: el periodismo.

Richard ya era una leyenda. Salido de las canteras de la revista Caretas, en su momento la más prestigiosa en materia política del Perú, era una de las joyas periodísticas que exhibía la UPN.

En Día Treinta, la revista de la facultad —bastante influenciada por el “boom” del nuevo periodismo latinoamericano que empujaba en esos días Etiqueta Negra—, Richard nos hizo espacio. Digo nos, porque no fui sólo yo uno de sus rescatados para mejor causa. Pero que cada quien baile la marinera con su pañuelo, que estas líneas son mías.

Y de su mano conoceríamos Caretas, cuando Enrique Zileri todavía estaba vivo.

Un día, Richard nos convocó a unos pocos con una oferta millonaria: pasar el verano en prácticas preprofesionales en Caretas. Cuando, repito, Enrique Zileri estaba vivo, y su leyenda de lanzar, enfurecido, el televisor desde el sexto piso de la revista aún erizaba la piel de los timoratos practicantes como yo.

Es decir, no contento con enseñarnos a pasar de gatear a caminar y dejar los pañales atrás en el mundo periodístico, Richard nos lanzó a las grandes ligas. Pasamos de jugar pelota en la liga universitaria a la liga profesional nacional, por su generosidad.

No pasé mucho tiempo en Caretas, y esa historia será motivo de otro relato y el agradecimiento a mi otro gran sensei, y amigo en común con Richard, Gastón Agurto. Pero ese verano —y otro, dos años después— es pieza clave de mi vida periodística. O lo que intento que sea.

En un correo durante esos días —perdone la infidencia, Maestro— Richard nos escribió: “Estoy seguro que al término de esta experiencia ustedes sabrán capear como pocos el mar siempre bravo —pero adorable— del periodismo”.

Lo he intentado, Richard. Los años en el futuro dirán mejor cuán bien he aprovechado tu generosidad.

Es verdad: De los discípulos malagradecidos, es altamente probable que sea el peor.

Aún así, desde aquí, a la distancia, antes de que llegue nuevamente un Día del Maestro para saludar, quiero dejar constancia, bajo el sello notarial del alma puesta en tinta (electrónica), de mi absoluta gratitud.

Un abrazo, Richard. Pero sobre todo, gracias infinitas.

P.S. Seguimos todos esperando ese libro.

*Ilustración generada con IA bajo dirección creativa de David Ramos

Ilustración periodística en estilo acuarela que muestra a un grupo de migrantes venezolanos caminando por una carretera junto a un autobús, cargando maletas y bolsos pesados bajo el sol. Previous post Para Venezuela, con amor
Ilustración en estilo de grabado en blanco y negro que muestra un plano detalle de una mano de mujer colocando un anillo de matrimonio en el dedo anular de la mano de un hombre. Next post Mi mujer me gobierna

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