Para Venezuela, con amor

Ilustración periodística en estilo acuarela que muestra a un grupo de migrantes venezolanos caminando por una carretera junto a un autobús, cargando maletas y bolsos pesados bajo el sol.

Yo estuve parado sobre el puente por el que escapaban del infierno en el que se convirtió Venezuela. Era mediodía y el sol nos bañaba con unos tropicales 30 grados Celsius.

Pasaban jóvenes, viejos, mujeres, niños. Con una, dos, todas las maletas que pudieran. Unos se montaban en buses que esperaban. Ofrecían llegar Colombia adentro.

El Puente Internacional Simón Bolívar hermana las poblaciones de Villa del Rosario, Norte de Santander, en el lado colombiano, con San Antonio del Táchira, en Venezuela.

Era el 11 de septiembre de 2017. Nicolás Maduro llevaba poco más de cuatro años en el poder, Hugo Chávez llevaba escaso tiempo más de muerto y el chavismo regía en el país desde 1999.

Una anciana con los tubitos de jebe encima propios de un centro hospitalario era llevada en silla de ruedas de un lado al otro de la frontera, porque del lado venezolano no encontraban los medicamentos que necesitaba.

A pocos minutos de ahí, en territorio colombiano, una fila nutrida compuesta principalmente por venezolanos se formaba para recibir algo de comer en la Casa de Paso Divina Providencia, de la diócesis católica de Cúcuta. Unos habían llegado ahí para comer algo digno para resistir la vida, y volver a Venezuela.

Otros cargaban energías para un viaje imprevisible.

José, por ejemplo, iba rumbo a Piura, a unos 2.500 kilómetros de ahí, al norte del Perú. Eso sumado a los casi 600 kilómetros que lo separaban de su casa en Barquisimeto.

“De la noche a la mañana”, me dijo, le avisó a su familia que se iba del país. Que primero se rehusaron, dijo, pero que “tuvieron que aceptarlo”, porque no había de otra. En su trabajo “cobraba hoy y la semana que viene no tenía nada que comer”.

Carlos, a sus 40 años, soñaba con empezar todo de cero en Cartagena de Indias, tras dejar su negocio de casa de festejos —organización de eventos— en Isla de Margarita, una importante zona turística en el Caribe venezolano.

“No es fácil”, me dijo entre lágrimas. “Venir de la Isla de Margarita a Cúcuta por un plato de comida, no, no es fácil”.

“No quiero saber nada [de Venezuela] hasta que no se nombre la palabra chavismo”, dijo, contundente.

Carolina vendía —¿vendía? Han pasado casi nueve años…— dulces en las calles de Cúcuta, la capital del departamento de Norte de Santander, y no ganaba mucho. Pero ese poco dinero resultaba vital para su familia en Venezuela, especialmente a sus cinco hijos.

“Yo transfiero 160 mil pesos colombianos [en la época unos 54 dólares] y allá da un millón de bolívares. Con eso se sostiene un mes, mes y algo una familia”.

Para mediados del año siguiente, un dólar en el mercado paralelo superó los 3 millones de bolívares fuertes, hoy fuera de circulación tras reconversiones y eliminaciones de ceros.

Cúcuta estaba —¿estaba?— colmada de venezolanos, que dormían como podían: muchos en las calles, en parques, en donde fuera.

Esa noche, al comedor de la parroquia San Antonio de Padua, en el centro de Cúcuta, llegó una familia: padre, madre, hija adolescente, hijo pequeño. No tenían dónde dormir y ya habían pasado una noche en un parque. Les ayudamos a costear, en algo, un hotel.

Pero esto es apenas una pequeña escena de un pequeño cuadro de lo que ocurría bajo la superficie de la crisis migratoria venezolana. Ya se hablaba, y se hablaría más en los años siguientes, de la trata de personas, con redes en muchos países haciendo dólares a costa de tantas mujeres venezolanas.

Se cerrarían luego tantas fronteras en Sudamérica. Se harían bromas de Rappi. Se hablaría tantas veces de crisis humanitaria y fraude electoral. Saldrían muchos a las calles sin éxito. Tantos de los que se quedaron y levantaron la voz serían aprisionados y torturados.

Y un sábado 3 de enero de 2026, después de tanto hablar y comentar sobre Venezuela, Nicolás Maduro fue arrestado y llevado a Estados Unidos.

Y quisiera pensar hoy que Carlos, José, Carolina y tantos más de los que se fueron—7,9 millones, que equivalen a casi el 30% de la población que permanece en Venezuela— tendrán una esperanza de volver a casa y reencontrarse con los suyos, y se cumpla el sueño de Carlos… que llegue el día en “que no se nombre la palabra chavismo”.

*Ilustración: David Ramos, basada en fotografía original del autor y generada con IA (Abacus.AI).

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