De Belén a Medellín: mercados, eso tan nuestro

Ilustración de un pasaje peatonal en el Mercado de Alto Belén, Iquitos, con puestos de madera, techos de calamina, frutas amazónicas como aguaje y pescado fresco.

El mercado de Belén era —¿era?— realismo mágico en acción. Por un lado jugos y sánguches, por otro carne de monte, más allá pescados, pirañas incluidas. Tabaco artesanal, claro, cartuchos para armas de caza, por ahí. El pasaje “Paquito” y sus certeras hierbas, pomadas y pociones de efectos imposibles.

Y si te animabas a bajar cada vez más a la —redundancia quizás necesaria— parte baja de Belén, taricayas/charapitas e incluso caimanes negros bebés a la venta. Alguna vez, en alguno de esos pasillos, en horas demasiado tempranas para ser de mañana y demasiado tarde para ser de noche: un par de litros de huitochado.

Belén, no sólo su mercado, es conocida como la Venecia de América. En meses de creciente del río Itaya, las aguas llenan sus calles. Las casas, de madera, están diseñadas para la ocasión. Algunas flotan, otras son sostenidas por pilares hechos al buen cálculo de hasta dónde debe llegar el agua.

El transporte, incluso cercano, es en canoa o en unos frágiles y delgados puentes de tablones.

En época de vaciante, cuando el río se repliega, lo que en otro momento era agua, durante el día es principalmente también mercado.

Cuántas veces me han dicho que no es seguro bajar mucho en la zona baja de Belén, porque los mashacuris (pirañitas con machete en mano) son peligrosísimos. Cuántas veces igual he bajado hasta la rivera, caminando entre las calles aún secas.

Belén y su surrealismo dicen mucho de Iquitos, quizás la más famosa de las ciudades peruanas amazónicas. Madera, río, selva, alegría, fiesta, tradiciones, trabajo arduo, pobreza, delincuencia, basura en la calle y en los ríos… suena la radio en los altoparlantes.

Los mercados dicen mucho de quiénes somos. Una radiografía involuntaria, quizás.

Amanece en Huanta, la esmeralda de los Andes peruanos, le dicen. Son días de Navidad y casi Año Nuevo.

Un mercadillo está cerca de donde me hospedo y camino las pocas calles que nos separan para conocer un poco más Huanta. Días después, para conocerla mejor, visitaría su cementerio y su estadio municipal —lugares que todavía guardan lecciones de sangre de la década de 1980—, pero esa es otra historia.

Intento preguntar. Me miran raro, extraño. No me entienden. Me hablan diferente. Se visten diferente. Como trajes típicos, pero que no son para un desfile folclórico, es la ropa diaria: sombreros, faldas, flores. Todo tiene un significado, sobre qué damas están solteras y cuáles casadas, aprenderé después.

Será después, porque a la mayoría de ellos cuando les pregunto no los entiendo. Es quechua, yo no sé nada.

Veo unos curiosos bloques de masa color negra, que llaman mi atención. Alguien me entiende. “Es mantequilla”, me dice, “pruebe”. Me acerca un poco con la sonrisa de quien sabe que está a punto de reírse a carcajadas. He visto esa sonrisa antes, muchas veces. Es una trampa.

Me resistí, con la sonrisa que corresponde: amable, pero de “yo sé lo que quieres hacer y no, gracias”. No conozco mantequilla negra.

Poco después alguien, varias calles más allá, me diría que era cal, que se usa para chacchar (mascar) la hoja de coca. Pero la cal es blanca…

Era diciembre de 2007. Me quedé con la duda todo este tiempo. ChatGPT, el sabelotodo de estos días, me dice hoy: “Por su aspecto —bloque compacto, mate y muy oscuro, vendido en un mercado de Huanta— se trataba de una suerte de cal artesanal (llipta), usada tradicionalmente en los Andes para acompañar el chacchado de hoja de coca, que puede presentar tonos grises o casi negros”.

Si eres peruano, colombiano, venezolano, cubano, argentino o tantos otros no mexicanos que habitan la Ciudad de México, el Mercado Medellín es el paraíso de la nostalgia, un intento de volver a casa sin el costo del pasaje.

Chicha morada en sobre, crema de Ají Amarillo, panetón D’Onofrio, check. Inca Kola —aunque sea la Golden, la que envasan en Estados Unidos, pero peor es nada— check. Cua Cua, Doña Pepa, check y check.

El Mercado Medellín se llama así porque da a la calle Medellín, en la Roma. Que no es la de Italia, pero cada vez parece ser menos la de México. “Gentrificación”, le llaman.

No sólo hay cosas apetitosas para la nostalgia de los migrantes —vamos, que también hay carne, pescado, aguacates y frutas varias, mexicanísimos puestos de comida corrida (menús, en Perú), tlapalería (que es casi como una ferretería, pero dicen que no es lo mismo) y mercerías—, pero en toda la capital mexicana no hay un lugar que concentre tantas cosas llegadas de distintas partes de América.

Como la Roma, que una vez que la Condesa se hizo económicamente inviable para muchos pasó a ser el destino favorito de los migrantes, especialmente de aquellos que gustan de ser llamados expats. Como lo será quizás pronto la vecina Doctores… y así. “Gentrificación”, protestan en las calles.

“¡Guapo!”, “¡Joven!”. Se dice que no hay nada que te levante el ánimo y la autoestima cualquier día de la vida como ir por la zona de jugos en el Mercado Central de Trujillo. “¡Guapo!”, insisten desde todas las juguerías.

No tengo una favorita para recomendarles. Pero tras el cansancio por recorrer mercados en mi imaginación, tomaré en mis recuerdos una banca de esas, cualquiera, y pediré un jugo de piña. Eso sí, más allá de los piropos —o quizás debido a…— les puedo asegurar que no he probado uno mejor.

*Ilustración de David Ramos, generada mediante inteligencia artificial (Abacus.AI).

Ilustración en estilo acuarela de un hombre adulto y un niño pequeño vistos de espaldas, parados en una calle con edificios clásicos y mototaxis al fondo. Previous post Cuando sea grande, quiero ser como mi papá

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