Mi mujer me gobierna

Ilustración en estilo de grabado en blanco y negro que muestra un plano detalle de una mano de mujer colocando un anillo de matrimonio en el dedo anular de la mano de un hombre.

Este 25 de enero celebraré 12 años de que mi esposa no haya decidido lanzarme por la borda. Un día antes, serán 17 años desde que comenzó a andar conmigo. Aprovecho las fechas para estas ideas sueltas que, peligrosamente, publico sin su visto bueno.

Uno o dos meses antes de conocer a Fio, mi padre se sentó cerca de la medianoche a conversar conmigo en casa. No había una razón particular, creo. Y me dijo algo así: “a mi me gusta cenar en equis restaurante de pescados, pero a tu mamá no. ¿Voy a causar una discusión innecesaria sólo por un restaurante? No. Mejor comemos donde le gusta a tu madre, yo me adapto”.

Mi padre, con sus seguramente muchos defectos, seguro, es un hombre sabio.

El matrimonio, digamos, es rendirse ante un poder superior. Y mi hoy esposa es un poder superior.

Decía un santo católico: “Déjate tiranizar por tu mujer que andarás muy bien. Que ella es piadosa, ella es recia, ella es espléndida, ella tiene un corazón grande…”.

Parece que conocía a Fio.

Rendirse. Seguramente algunos de nosotros tenemos problemas con el concepto de rendirnos. Unos meses atrás, un perfecto desconocido infiltrado en una reunión de matrimonios de amigos se intentaba burlar de que éramos algo así como un grupo de “mandilones” (“pisados”, en Perú).

No es la primera vez que me encaro al concepto, y no me importa. Mi esposa toma mejores decisiones sobre mí en prácticamente todo, básicamente desde que la conocí. Digo, ella aceptó andar conmigo, quizás la mejor de sus decisiones.

Un poder superior.

Con frecuencia Fio y yo bromeamos de algo que hemos visto poco —no se me viene a la mente caso alguno ahora mismo—: mi esposa se lleva demasiado bien con mi madre. Bromeo —en las bromas la verdad se asoma, dicen— que mi madre la quiere más que a mí. Y teniendo el mismo carácter insoportable que tengo desde que tengo uso de razón, Fio es mucho más paciente con mis padres de lo que yo podría ser.

Pero rendirse es un concepto difícil. Hay tanto tan propio, tan ego, tan antojo, tan “esto es lo que soy, lo tomas o lo dejas”, que es difícil.

Por ejemplo, en casi 16 años de novios y casi 11 de esposos, Fio no ha logrado que deje de vestirme como hace más de 20: jeans (mezclilla, en mexicano), playera (polo, en peruano) y tenis. Eso y mi mal genio 24/7 son cosas en las que sigue luchando una batalla cuesta arriba cada día.

A cambio, yo tengo claro que ella manda.

Mi abuela paterna solía decir: “tu abuelito quiere…”, para hacer claramente su voluntad. Mi abuelo no la contradecía, aunque él no había dicho nada. Quizás ellas siempre mandan, incluso cuando parezca que no, y está bien que sea así.

“Mi mujer me gobierna, esa vaina me gusta”, canta La Banda Gorda.

*Ilustración generada con IA bajo dirección creativa de David Ramos

Ilustración de un profesor de periodismo en un aula universitaria con una revista Caretas sobre el escritorio vista desde la perspectiva de un estudiante. Previous post Al Maestro, con cariño

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *