Mi árbol de Navidad (Octava Navidad lejos de Perú)

Adorno en forma de estrella con escena de la Natividad colgado en un árbol de Navidad natural.

Allá de donde vengo, la Navidad se celebra con abundante y esponjoso panetón enmantequillado y se bebe chocolate caliente al inicio del ardiente verano. Y los árboles de Navidad son todos plásticos.

El primer árbol de Navidad real que recuerdo fue el que vi en la televisión, muy pequeño, cuando pasaron en HBO Mi Pobre Angelito. Pero es que en Trujillo no se dan bien los pinos, menos en Iquitos, jamás en Lima —¿en algún lugar de la sierra peruana sí?—. Los únicos pinos que recuerdo en la infancia son los del nombre de una urbanización trujillana.

Ya entrados en los treinta, ya mudados a Ciudad de México, compramos el primer pino navideño de verdad, de madera, de Mi Pobre Angelito, de la Navidad en la que el chocolate caliente tiene sentido porque es invierno, aunque buscar panetón sea tarea complicadísima. Fue en el estacionamiento del mercado Medellín, en la Roma, y quizás, no recuerdo, mediría metro setenta, no más, y debe haber costado mil quinientos pesos, unos 75 dólares.

Alguien me dijo, no recuerdo quién, que esa era apenas una fracción de la experiencia del árbol. Que por el árbol hay que ir bosque adentro, elegirlo, cortarlo y llevarlo de vuelta a casa. Como Kevin McCallister pero más lejos, claro.

Eventualmente descubres que los árboles también los venden en Walmart y que un taxista se los puede cargar encima del auto y llevarlos a casa. Pero, me dijeron —ya digo— que no era la experiencia completa.

Y no fue hasta el año pasado cuando mi siempre muy querida familia adoptiva mexicana —como bien dicen Abraham y Montse— me llevó bosque adentro, en el estado de Puebla, por un árbol de Navidad.

Aquí hay tres árboles navideños de verdad, de madera, de Mi Pobre Angelito. Foto: David Ramos.

El mercado lo demanda, así que hay terrenos dedicados al cultivo y venta de pinos, con permiso de la autoridad competente. Es en serio: te dan incluso una constancia para certificar que no pasaste por algún punto remoto de la civilización y te llevaste un árbol, a la mala, sino que lo adquiriste en un proveedor autorizado.

Este lugar, discúlpenme el comercial, se llama El Manantial. Y volvimos este noviembre por un nuevo árbol: me llevé uno de dos metros cuarenta por 500 pesos, unos 25 dólares. Frondoso, hermoso, difícilmente más navideño.

Nos ofrecían a 500 cualquiera de los ayacahuite, incluso unos que alcanzaban fácilmente los cinco metros, dignos de centro comercial. Pero, ¿dónde tanto árbol?

Una vez erigido el árbol de verdad —de madera, de Mi Pobre Angelito— en casa, la Navidad parece oler a lo que la Navidad debe oler.

Esfera dorada colgada en un árbol de Navidad natural.
Sí, otra foto detalle de mi árbol, perdonarán. Foto: David Ramos.

Ayer encontré en un supermercado abundante panetón. “Panettone”, disculpen, dicen que hecho en Italia. Viene a mi cabeza un viejo comercial de panetón peruano en los años noventa. Y hay chocolate en tabletas.

Ya casi es Nochebuena. Y aunque lejos de la casa peruana, esto es hogar.

El panetón con mantequilla, siempre. Foto: David. Ramos.
Cesta grande volcada en una carretera vacía, con un oso de peluche y objetos personales regados sobre el asfalto. Previous post ¿Qué debo pensar de esto, México?
Dibujo infantil de Santa Claus tachado sobre una mesa navideña con gorro, panetón y chocolate, ilustrando un texto sobre el final del mito de Santa. Next post La Navidad en la que Santa no vino más

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